Cuesta
Updated: Sep 1, 2018

2 Samuel 24:24 LBLA Pero el rey dijo a Arauna: No, sino que ciertamente por precio te lo compraré, pues no ofreceré al SEÑOR mi Dios holocausto que no me cueste nada. Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.
Hace un tiempo atrás, al finalizar la lectura del segundo libro de Samuel, me marcó una respuesta del rey David. Esta respuesta queda registrada en el penúltimo verso de ese libro. Hasta la fecha de la historia bíblica hasta entonces, el mandato del Señor ha sido ofrecerle lo mejor, lo más excelente y perfecto, sin defectos. Pero, aquí en esta respuesta de David hay algo más. El rey no estaba hablando de la calidad de la ofrenda. ¡Sí! No estaba en discusión qué habría de ofrendarle. El “qué” no estaba en juego aquí; estaba hablando del costo.
Don Arauna, con toda su mejor intención, había propuesto darle a David todo lo necesario para hacer el holocausto al Señor: un espacio para el altar y lo mejor de las crías para el sacrificio. Con esto David cumplía a cabalidad su compromiso y anhelo de ofrendar, lo hacía conforme a la ley y ¡listo! Podríamos pensar: “¡Qué bendición, ah!”. Sin embargo, David, aquel hombre cuyo corazón era conforme al de Dios, no dijo lo mismo. Él no aceptó esa propuesta que parecía una “tremenda bendición”. En su corazón sabía que no era suficiente hacerlo como dicen por ahí “by the book”, o sea, sí cumplía con todos los requisitos pero faltaba algo, una parte esencial: algo que sale y se desprende del dador. Hablando claro (a lo boricua), todo es de Dios (Salmos 24:1), entonces ¿cómo darle algo suyo es ofrenda? Es como si de cumpleaños me ‘regalaran’ los mismos zapatos que había prestado. No tiene sentido. David entendió que para agradar a Dios, más allá del sacrifio de una cosa (algo externo), es necesario el sacrificio interno, ofrecer algo propio; por ejemplo, nuestra voluntad.
¿Qué es lo que más le agrada al Señor: tus ofrendas quemadas y sacrificios, o que obedezcas a Su voz? ¡Escucha! La obediencia es mejor que el sacrificio, y la sumisión es mejor que ofrecer la grasa de carneros. 1 Samuel 15:22 NTV
Cuando ofrecemos a Dios algo, la parte que realmente llega a Su trono y sube como olor fragante, no es el aroma de sangre (en aquel entonces) o el olor de la moneda que le entregamos, el sonido de la melodía de una canción… Realmente, el aroma agradable que sube a Su trono es nuestra actitud, nuestro corazón y su intención al momento de entregar la moneda, cantar/tocar esa melodía o al hacer cualquier cosa para Dios; ese pedazo de nosotros que entregamos juntamente con la cosa o con nuestra acción.
Entonces ¿qué? Oraré con el espíritu, pero también oraré con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero también cantaré con el entendimiento. 1 Corintios 14:15 LBLA
La ofrenda, pues, se compone de dos elementos: uno externo (el que la gente ve) y uno interno (que solo ve Dios). Bien dice un dicho popular “lo que nada nos cuesta hagámoslo fiesta”. Y es cierto, como seres humanos tendemos a poner menor o ningún valor a aquello que no nos cuesta nada, aquello por lo que no nos esforzamos usualmente le damos menos importancia. El rey David lo sabía, y su deseo es que su holocausto fuera importante, que fuera significativo, que tuviera mucho valor. Hacerlo por hacerlo no era una opción, no se trataba solo de cumplir.
no ofreceré al SEÑOR mi Dios holocausto que no me cueste nada. 2 Samuel 24:24
Como siervos, como adoradores, debemos honrar a Dios en todo lo que hacemos; que lo que dediquemos a Dios no sea solo “lo que nos toca” porque nos toca, sino algo que vaya más allá y que en cada gesto dejemos una porción de nosotros para Dios. Seguir a Jesús, adorar al Padre, nos cuesta perder nuestra vida para que la vida plena de Jesucristo viva en nosotros (Mt. 10:39), que Su Espíritu Santo nos dirija conforme a Su voluntad (Rom.8:26-27). Nos cuesta entregar nuestras malas costumbres, nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro sustento… PERO no debemos olvidar que esto viene con una hermosa promesa. A cambio recibimos buenas nuevas, una eternidad con Él, nuevas fuerzas y gracia en medio de nuestra debilidad y, por supuesto, a Él como nuestro sustento, nuestro Proveedor, quien nos promete, además, darnos mucho más de todo aquello que hayamos podido dar, todo aquello que nos haya costado.
Entonces Pedro comenzó a hablar.—Nosotros hemos dejado todo para seguirte —dijo. —Así es —respondió Jesús—, y les aseguro que todo el que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o bienes por mi causa y por la Buena Noticia recibirá ahora a cambio cien veces más el número de casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y bienes, junto con persecución; y en el mundo que vendrá, esa persona tendrá la vida eterna. Marcos 10:28-30 NTV
No obstante, para Dios poder cumplir todas esas promesas sobre nosotros, primero debemos entregarnos, hacer Su voluntad… Perseverar.
Perseverar con paciencia es lo que necesitan ahora para seguir haciendo la voluntad de Dios. Entonces recibirán todo lo que él ha prometido. Hebreos 10:36 NTV
Ser salvos no cuesta nada, es por GRACIA (Ef.2:8). Perseverar cuesta. Nos cuesta continuar creyendo cuando todo lo que vemos, lo que nos rodea, nos impulsa a hacer todo lo contrario a lo que Dios nos ha dicho. Por lo menos a mi me ha costado, no ha sido lo más sencillo aunque sí lo más maravilloso. Su voluntad —la de Dios— es perfecta.
Hablando un poco más literal. Pensemos en terreno. Las cuestas agotan, fatigan, cansan y hasta nos quitan el deseo de seguir caminando (tengo una frente a casa que lo confirma); pero, siempre tienen un fin y un descanso al final. Así que, si ofrecemos: ¡que nos cueste! Y si cuesta: ¡mantente! pues si se está haciendo difícil significa que vas de subida (pues bajando, las cuestas no dan trabajo para nada). La cuestas que suben, esas —las difíciles—, te llevarán a un nivel superior. Y ya del otro lado verás que lo que te costó no se compara con lo que Dios tenía preparado para ti. ¡Sube la cuesta! Haz lo que cueste, pero determínate a hacer la voluntad de Dios, a agradar Su corazón, a cumplir Su sueño y Su propósito para tu vida. ¿Cuesta? Bring it on! Dios está contigo.



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